La
filosofía de Epicteto, un estoico romano, se desarrolló a partir de las enseñanzas
de Zenón (336-264 a.C.), fundador de la Stoa Poikile (pórtico decorado con pinturas),
la última de las cuatro famosas escuelas de la Atenas antigua. La dependencia
del pensamiento griego es típica de la filosofía romana; en la larga historia
del imperio romano, no se produjo ninguna filosofía que tuviera algún valor. De
todos los sistemas filosóficos griegos transplantados a Roma, el estoicismo fue
probablemente el más exitoso. Al final del siglo II a.C., la filosofía estoica
estaba firmemente asentada en su nuevo ambiente, y en los siglos siguientes fue
aceptada por los miembros de las clases altas y bajas de la sociedad. Llegó a
ser bastante popular entre los soldados romanos como filosofía que predicaba la
indiferencia frente a las adversidades, y por su apelación a la “ciudadela
interior” resultó atractiva para intelectuales de la talla de Cicerón, Séneca,
el emperador Marco Aurelio y Epicteto. La urgente necesidad de los poderes
profilácticos de la filosofía estoica era generada por la sordidez y
depravación de la época, la cual queda reflejada en una de las observaciones de
Epicteto: “[Los hombres] muerden y se envilecen unos a otros, y toman posesión
de las asambleas públicas, como las fieras salvajes hacen con los parajes
solitarios y con las montañas; y convierten las cortes de justicia en antros de
ladrones. Son intemperantes, adúlteros, seductores”.
Existe poca
información sobre la historia personal de Epicteto. La fecha y el lugar
precisos de su nacimiento son desconocidos, pero la evidencia existente indica
que nació en la ciudad griega de Hierápolis, en Frigia, hacia el 50 de nuestra
era. Se dice que cuando niño fue vendido como esclavo por sus padres, y que
llegó a ser parte de la familia de un soldado romano bastante libertino. (...)
Según la costumbre romana, a Epicteto le fue permitido asistir a las lecciones
de un filósofo estoico, ya que mostraba gran habilidad intelectual. Cuando
murió su señor, Epicteto obtuvo su libertad. Por esa época, ya había ganado
notoriedad como filósofo, y eligió permanecer en Roma como maestro. Cuando, en
el 89 d.C., el déspota emperador Domiciano obligó a todos los filósofos a
abandonar Roma, Epicteto emigró a Nicópolis. Allí comenzó otra escuela, en la
que enseñó hasta su muerte, en el 130.
Epicteto se
distinguió más como orador que como escritor. Nada se conserva de sus escritos
originales, pero Arrio, uno de sus discípulos, trascribió sus lecciones de
ética y las editó en ocho volúmenes. El más importante de estos volúmenes es Discursos,
y el Enchiridion, o Manual. La meta de Epicteto era “mover a sus
oyentes a practicar la virtud”, y cuando daba sus conferencias, decía Arrio que
“la audiencia no podía evitar ser conducida a dónde él pretendía”.
Los
estoicos sostienen que las personas morales son las que viven de acuerdo con
los dictados de la razón, y se ven a sí mismos como individuos autosuficientes,
capaces de disciplinar sus deseos y de permanecer totalmente indiferentes a las
vicisitudes de la vida. En virtud de sus principios morales y de su concepción
de la vida buena, los estoicos se consideraban a sí mismos como pertenecientes
a la tradición socrática. Ellos sostienen, como sus predecesores los cínicos,
que la lección que se debe sacar de la vida y enseñanzas de Sócrates es que la
virtud humana y la felicidad dependen no del éxito material, sino de la
formación del carácter, el cual debe ser fiel a lo más propio de nuestra
naturaleza: la racionalidad. Además, sostienen los estoicos, es a través de la
conducta en conformidad con la naturaleza racional que la gente se une entre sí
y con el universo. El significado de la exhortación socrática: “conócete a ti
mismo”, es claro, pues es sólo a través del conocimiento propio que la gente
puede participar en la comunidad moral y cumplir con su función en el gran
diseño del universo.
La visión
estoica del universo, elaborada a partir de otras teorías cosmológicas griegas
por el fundador de la Estoa, Zenón, y por sus brillantes sucesores, Cleantes (c.
310-230 a.C.) y Crisipo (280-209 a.C.), proporciona soporte a la ética estoica.
Basándose sobre todo en la doctrina de Heráclito[1] (c. 500 a.C.), ellos ven el
universo como una unidad orgánica en la cual la forma y propósito de cada parte
está determinada por Dios, quien es pensado como el principio racional
inmanente al todo. Los estoicos ven a Dios como la fuerza vital que crea todas
las cosas en este universo interconectado, y como la inteligencia cósmica que
lo gobierna desde dentro. Esta concepción de Dios –llamada panteísmo–, sirve de
base para las intuiciones éticas de los estoicos, ya que el individuo, como un
ser racional, es un “fragmento separado de Dios”. Todas las personas poseen la
habilidad de comprender la naturaleza divina, y la vida buena cosiste en vivir
en conformidad con ella. Pues, como dice Epicteto, “donde está la esencia de
Dios, también está la esencia del bien. ¿Cuál es la esencia de Dios?... ¿La
razón correcta? Ciertamente. Aquí, entonces, sin más, hay que buscar la esencia
del bien”.
Epicteto
está más interesado que otros estoicos romanos en metafísica, y permanece más
leal que ellos a la posición original de la Estoa. Sin embargo, su actitud
hacia la especulación acerca de la naturaleza de las cosas es más piadosa que
probatoria, más religiosa que filosófica, más práctica que teórica. Para
Epicteto, el valor inherente a la humanidad es la adoración de Dios, y su deber
es ser digno de Dios. Los obstáculos que la gente encuentra en sus intentos
para vivir noblemente son la materia hacia la que el filósofo debe dirigir su
atención. Las condiciones y limitaciones de la vida moral están dadas en la
naturaleza humana:
¿Qué es lo que dice Zeus? “Epicteto, si fuera posible habría hecho tu cuerpo y todas tus posesiones (todas esas bagatelas que aprecias), libres e ilimitadas. Pero como son las cosas –nunca olvides esto–, este cuerpo no es tuyo, es sólo una mezcla inteligente de barro. Pero ya que no puedo hacerla libre, te doy una porción de mi divinidad, esta facultad de actuar o no actuar, la voluntad de adquirir o de evitar”.
La misión
del sabio es urgir a las personas a examinarse a sí mismas y a llevar una vida
conforme a la razón.
Según
Epicteto, la persona que valora la virtud por sí misma es feliz. La virtud, nos
dice, es una condición de la voluntad
en la cual ésta es gobernada por la razón, con el resultado de que la persona
virtuosa busca sólo aquellas cosas que puede alcanzar y evita aquellas que
están fuera de su alcance. La infelicidad es el pago inevitable de aquellos que
desean lo que no pueden obtener. Los sabios se resignan a limitar sus deseos a
lo que pueden controlar. Con respecto a los deseos que no pueden satisfacerse,
ellos son literalmente apáticos, esto es, no tienen ningún sentimiento sobre
ellos. Además, saben que todo lo que está más allá del control de una persona
es irrelevante para la ética. Las personas virtuosas encuentran en ellas mismas
todo lo que es necesario para alcanzar la felicidad –moralmente, son
enteramente autosuficientes.
Al
responder a la pregunta: “¿Qué es lo que está bajo nuestro control?”, Epicteto
reafirma una de las doctrinas
distintivas del estoicismo: son nuestras actitudes hacia los eventos, no los
eventos mismos, lo que podemos controlar. Nada es por su propia naturaleza
calamitoso –incluso la muerte es terrible sólo si la tememos. De nuevo, aunque
uno pueda fallar al llevar a cabo los actos señalados por la providencia divina
–porque al tratar de realizar nuestros deberes las circunstancias nos lo
impidan– uno debería permanecer imperturbable. Por ejemplo, si debido a la
pobreza los padres no pueden alimentar a sus hijos, no deberían preocuparse,
siempre y cuando hagan todo lo posible por proveer para sus hijos. Si ellos
desean cumplir con su deber, están cumpliendo con su obligación, pues sólo esto
está dentro de su poder. Aún más, ellos deben estar seguros de que todo lo que
sucede es por necesidad divina, y que sea lo que sea que Dios haga, es por su
bien.
Epicteto,
como consejero moral, nos recomienda cultivar una actitud de indiferencia hacia
la buena o la mala fortuna, ya que los eventos externos escapan a nuestro
control. Por consiguiente, los individuos prudentes no se dejan esclavizar por las demandas de su cuerpo, ni se vuelven
emocionalmente dependientes de personas u objetos.
[1] Según Heráclito, el sustrato
material del universo es “el fuego siempre viviente”, del cual todo procede y
al cual todo debe retornar. Sin embargo, a pesar de que el univeso físico es en
todo momento nada más que fuego, el proceso cósmico de trasformación es
ordenado e inteligible, porque se conforma con la inmutable ley de la
necesidad, el Logos.