EPICURO: LA VIDA PLACENTERA[1]

 

 

El epicureísmo fue una de las filosofías que surgió durante el declinar de la Grecia antigua, como forma de escapismo ante la creciente desorganización social. De estas formas de “filosofías de salvación” que florecieron hasta que la cultura grecorromana fue reemplazada por la cristiana, el epicureísmo se distinguió por la constancia de su doctrina. Epicuro enseña que la felicidad implica serenidad y que se alcanza a través de los placeres simples, los que preservan la salud corporal y la paz mental. Para alcanzar este ideal, los miembros de la comunidad epicúrea, en la medida en que era posible, se abstenían de participar en los asuntos mundanos, y gastaban su tiempo en la conversación filosófica.

Epicuro (342 ó 341-270 a.C.), ciudadano ateniense por herencia de sus padres, nació y fue educado en la isla de Samos en el Mar Egeo, donde pasó las dos primeras décadas de su vida. Cuando, a la muerte de Alejandro en el 323, los atenienses fueron echados de Samos, Epicuro emigró al Asia Menor. Después de enseñar allí por varios años, fue a Atenas (306 a.C.), donde permaneció hasta su muerte enseñando en su escuela, El Jardín. El Jardín de Epicuro era como un santuario que libraba de la agitación del mundo exterior a un selecto grupo de hombres que aplicaron en su vida diaria los preceptos de su mentor. El Jardín de Epicuro fue una de las grandes escuelas de la Antigüedad, junto con la Academia platónica, el Liceo de Aristóteles y la Stoa de Zenón.

Es una ironía de la historia que el adjetivo epicúreo se use frecuentemente para referirse a un sibarita o a una persona voluptuosa. Los enemigos de Epicuro de hecho lo acusaron de sensualismo, pero sus enseñanzas filosóficas y la frugalidad y simplicidad de su vida refutaban de hecho tal acusación. Fue la nobleza de su carácter la que le valió una gran popularidad. (...)

Aunque Epicuro fue un escritor prolífico, sólo unas cuantas cartas y fragmentos de sus escritos se conservan. Ellos nos dan poco más que un sumario de sus teorías de física y astronomía, su teoría del conocimiento y su ética. Sin embargo, una visión más completa de sus doctrinas nos la proporcionan sus discípulos, el más distinguido de los cuales es el romano Tito Lucrecio Caro (94-55? a.C.) (...)

La teoría ética de Epicuro procede de la doctrina cirenaica formulada por Aristipo (c. 435-356 a.C.), quien, aunque alumno de Sócrates, sostiene el principio hedonístico de que el placer es el bien supremo. Aunque Epicuro y los cirenaicos tienen diferentes concepciones sobre el placer ¾el primero pone el énfasis en la paz mental y los segundos en los placeres sensuales¾ están de acuerdo con respecto a los principios generales. Ambos sostienen que la naturaleza humana está constituida de tal forma que la gente siempre busca lo que cree que les dará placer, y evitan lo que piensan que les causará dolor, y que el placer es el único bien intrínseco y el dolor el único mal en sí. Ambos están de acuerdo en que “ningún placer es malo en sí mismo”. Sin embargo, nos recomiendan seleccionar cuidadosamente los placeres, ya que “los medios que producen algunos placeres traen con ellos algunos disturbios mucho más grandes que los placeres”. Aristipo y Epicuro enseñan que la persona que desea ser feliz debe cultivar la habilidad de seleccionar los placeres correctos, y sostienen que sólo aquellas acciones que traen disfrute a la persona tienen significado moral para ella. A partir de este punto, sin embargo, el epircureísmo y el cirenismo difieren.

En oposición a Aristipo, Epicuro sostiene que la duración de los placeres es más importante que su intensidad para alcanzar la felicidad. Consecuentemente, afirma que los placeres mentales en general son superiores a los físicos, ya que aquellos son más largos, aunque menos intensos. Aunque él encuentra los placeres físicos inobjetables en sí mismos, asevera que la búsqueda de tales placeres por ellos mismos no trae la felicidad, sino todo lo contrario. La experiencia nos muestra que el deseo de una vida llena de intensos placeres sería frustrante, porque nunca tendríamos suficientes en el curso ordinario de la vida. Además, los placeres derivados de objetivos tales como la fama, la salud y similares, a menudo son sobrepasados por los sufrimientos requeridos para alcanzarlos, y los dolores que sobrevienen a actividades tales como las fiestas, las bebidas y la “vida alegre” cancelan los placeres o dejan un balance de dolor. A partir de estas consideraciones, Epicuro sólo puede concluir que el estándar de Aristipo para juzgar lo que es bueno ¾esto es, “el más intenso placer sensual del momento”¾ se refuta a sí mismo.

La diferencia principal entre el cirenismo y el epicureísmo radica en su diferente concepción de la naturaleza del placer auténtico. Fundamental en este desacuerdo es su distinción entre placeres activos o positivos, que proceden de la gratificación de deseos y necesidades específicas, y placeres pasivos o negativos, que son la ausencia de dolor. Aristipo pone como la meta de la vida el continuo goce de los placeres activos, mientras Epicuro sostiene que los placeres activos sólo son importantes en cuanto sirven para terminar con el dolor que producen los placeres inalcanzados. Para Epicuro, los placeres pasivos son más fundamentales que los activos, ya que es a través de ellos como logramos la felicidad. El último fin de un ser humano no es la sucesión constante de intensos placeres sensuales, sino el estado de serenidad o ataraxia, el cual se define como “ausencia de problemas en la mente y de dolor en el cuerpo”.

Epicuro nos asegura que la calma y el reposo de la vida buena están al alcance de todos. Es necesario, sin embargo, que mantengamos nuestros deseos al mínimo, y que distingamos los deseos naturales y necesarios de los artificiales, por ejemplo, deseos de riquezas , de excitación, de fama y de poder. Estos últimos no son meramente innecesarios para la salud y la tranquilidad, sino de hecho destructivos de las mismas. Por contraste, la satisfacción de los deseos naturales ¾esto es, de los deseos que deben ser cumplidos para preservar la salud corporal y la paz mental¾ y la libertad del dolor que acompaña tal satisfacción, lleva a la felicidad.

Epicuro nos dice que nuestro bien puede realizarse a través de la filosofía, de la búsqueda del conocimiento. Se debe comprender, sin embargo, que la función de la filosofía es sobre todo práctica:

 

“Vana es la palabra del filósofo que no cura los sufrimientos del hombre. Pues así como no hay provecho en la medicina si no sirve para expulsar las enfermedades del cuerpo, no hay provecho en la filosofía si no expulsa los sufrimientos del alma”[2]

 

Por naturaleza, los hombres buscan placer, pero por el conocimiento son guiados a seleccionar los placeres verdaderos. Sin deliberación, no podemos esperar anticiparnos a los deseos inútiles y artificiales, ni asegurar los placeres que se requieren para la felicidad. Además, sin conocimiento de la naturaleza de las cosas, no podemos librarnos de los temores y supersticiones que destruyen la tranquilidad.

Epicuro emprende la tarea de demostrar la falta de fundamento para los dos mayores temores que atormentaban a sus contemporáneos: el miedo a la muerte y el miedo al castigo divino. La filosofía de la naturaleza que él encuentra más apropiada para destruir estas quimeras es el atomismo de Demócrito (siglo V a.C.), en el cual el universo es explicado en términos de “átomos en movimiento en el vacío”. Argumentando que la descripción mecanicista del universo que da Demócrito es adecuada para explicar todo lo que ocurre, Epicuro sostiene que es superfluo postular cualquier interacción entre los dioses y los humanos[3]. Por otra parte, la doctrina epicúrea del alma contiene el argumento contra del miedo a la muerte: el alma no es más que una colección de pequeños átomos dentro del cuerpo, y la muerte es sólo la dispersión de los átomos del alma. En cualquier caso, no debemos temer la muerte, “ya que mientras existimos, la muerte no está con nosotros, y cuando llega, nosotros no existimos”.

A pesar de la adecuación del atomismo de Demócrito como descripción de la naturaleza, Epicuro cree que su teoría del movimiento es incompleta, en una forma que tiene serias consecuencias para la ética. Al tratar del movimiento de los átomos, él observa que si su movimiento original es sólo una caída uniforme hacia abajo, es imposible dar cuenta de la colisión de los átomos que se necesitan para formar cuerpos complejos. De ahí, él asume que los átomos se desvían espontáneamente, o que “dan un viraje” en su curso. Pero esta clase de movimiento, por ser irregular e impredecible, introduce un elemento de libertad o de indeterminación en el universo que es excluido por el determinismo absoluto de Demócrito. La ventaja de la interpretación epicúrea para la ética es evidente cuando se advierte que los hombres temen, más que la mano de los dioses, ser  controlados por un destino o necesidad inexorable del tipo implicado por el determinismo atomístico de Demócrito. Sin embargo, porque se teoría del movimiento deja un margen para la indeterminación, Epicuro cree que tal teoría admite la posibilidad de que los hombres puedan hasta cierto punto ejercer influencia y control sobre el curso de sus vidas. Él, por lo tanto, nos exhorta a darnos cuenta de que mientras “la necesidad es un mal... no es necesario vivir bajo el control de la necesidad”.

A través de la verdadera filosofía, nos dice Epicuro, podemos ver que el temor a la muerte, a la interferencia de los dioses, y al dominio de la necesidad, no tienen fundamento en la realidad. La filosofía nos sirve: no es sólo una herramienta indispensable para llevar una vida buena, sino que es la más placentera de las actividades: “en todas las demás ocupaciones el fruto viene con dolor, pero en la filosofía el placer viene junto con el conocimiento”. De ahí que Epicuro aconseje: “Cuando se es joven, no hay que vacilar en filosofar, y cuando se es viejo, no hay que cansarse de filosofar. Porque nadie es demasiado joven o demasiado viejo para cuidar su alma”.



[1] Traducción de: Denise, Peterfreund y White, Great Traditions in Ethics, Belmont (Ca.): Wadsworth, 1996, pp. 47-51.

[2] Fragmento 54.

[3] Epicuro no niega que existan los dioses. Sin embargo, sostiene que de la existencia de los dioses no se sigue lógicamente, ni la experiencia lo testifica, que “las grandes desgracias que recaen sobre los malos y las bendiciones que reciben los buenos sean un regalo de los dioses” (Doctrinas Principales, I). Dice también: “si Dios escuchara las oraciones de los hombres, todos habrían perecido, ya que los hombres están continuamente pidiendo el mal contra sus semejantes”.