Universidad
Francisco Marroquín
Presentada
en la Segunda Conferencia Internacional de Filosofía y Humanidades
"Educando
para una democracia participativa: Las paradojas de la lógica de la
globalización"
Unvivesidad
Rafael Landívar
Guatemala,
8 de agosto de 2001
En Latinoamérica ha existido la creencia
de que el filósofo —el intelectual— debe tomar parte activa en los debates
políticos de su tiempo. Tal vez no como activista —aunque muchos ciertamente lo
han hecho—, pero sí como figura pública, que moldea la opinión a través de sus
escritos en los medios de comunicación masiva. Esta es una tradición muy noble,
que tiene sus raíces en la tradición socrática, en la filosofía clásica de un
Cicerón, un Séneca, un Marco Aurelio. Fue solamente con la Ilustración
Racionalista que los filósofos se "profesionalizaron" y trataron de
asemejarse a los científicos, escribiendo sólo para especialistas y no para el
gran público. Ésa es la razón —a mi manera de ver— de por qué se considera que
España no aportó filósofos entre los siglos XVII y XIX; el concepto de "filósofo"
que dominaba (y que domina aún) es el del filósofo técnico, especialista, que
escribe sobre complejas cuestiones de epistemología y de metafísica. En la
Modernidad dominó la tesis de que la naturaleza última de la sabiduría que los
filósofos buscan es fundamentalmente intelectual, no moral. En la Antigüedad
clásica no era así. La filosofía era vista más como una forma de vida que como
una profesión, sobre todo en la escuela estoica[3].
Fue en la Baja Edad Media que el escolasticismo degeneró en tecnicismo y luego,
acomplejados por el progreso de las ciencias físicas, los filósofos fueron
viéndose a sí mismos más como hombres de
ciencia que como moralistas. Desde luego, hubo avances en la filosofía política
—recordemos los aportes de un Locke o un Hume—, pero incluso en este campo —por
influencia de Maquiavelo y de Hobbes— la discusión se iba tornando más técnica
que moral. Algunos autores[4]
sostienen, incluso, que dentro del proyecto de la Ilustración pueden
distinguirse dos corrientes: la Ilustración filosófica y la humanista. Fue la
primera la que sirvió de marco para las propuestas epistemológicas de Locke y
de Kant. La Ilustración humanista, en cambio, siempre manifestó aversión al
proyecto fundacionalista de los filósofos, y se contentaba con promover valores
morales (como la igualdad, la libertad y la fraternidad, por ejemplo).
El pragmatismo clásico americano, en las
figuras de Charles Sanders Peirce, William James, John Dewey, George Herbert
Mead y otros, representa una reacción contra la excesiva profesionalización de
la filosofía que se venía dando en la edad moderna. Excepto tal vez por Peirce,
que más que el perfeccionamiento de la comunidad política buscaba el
perfeccionamiento de la comunidad científica, los autores mencionados comparten
una visión de la filosofía como una actividad enteramente volcada al
perfeccionamiento de la vida social. Véase, si no, lo que escribía John Dewey
en 1917, en "La necesidad de una recuperación de la filosofía":
"la filosofía se recupera a sí misma cuando deja de ser un recurso para
ocuparse de los problemas de los filósofos y se convierte en un método,
cultivado por filósofos, para ocuparse de los problemas de los hombres".
Lamentablemente —para mí, al menos— la corriente pragmatista fue eclipsada en
los Estados Unidos por el positivismo lógico y la filosofía analítica, que
viene a ser la manera opuesta de concebir la actividad del filósofo. Esto se
explica por circunstancias políticas concretas: el pragmatismo era una
filosofía políticamente comprometida con el cambio social, y en los años 30, 40
y 50, la sociedad norteamericana se volvió muy temerosa de que esos cambios
sociales degeneraran en comunismo. Una filosofía —una manera de hacer
filosofía— que prometía ocuparse de la mecánica cuántica y de las lógicas
multivalentes era más que bienvenida por las autoridades académicas, que no
querían quedar expuestas a acusaciones de tipo político.
Pero el panorama empezó a cambiar en los años setenta, y antiguos
filósofos analíticos como Richard Rorty y Hilary Putnam empezaron a salir de su
torre de marfil y a prestar atención a la filosofía política y a la ética.
Volvieron la vista a su propia tradición, tan rica en fomentar la democracia
como forma de vida. No sólo hacia los pragmatistas, sino más atrás, hacia los
trascendentalistas Emerson y Thoreau. Hoy en día, a la par que se cultivan
disciplinas altamente técnicas como la filosofía de la mente o la filosofía del
lenguaje, se estudia a fondo la
tradición pragmatista, y se publican muchos libros y artículos especializados
sobre sus principales figuras. Algún crítico agudo ha señalado, sin embargo,
que se ha avanzado mucho en la discusión especializada sobre cuáles eran las
propuestas y la visión de los pragmatistas, pero que poco se ha hecho para
ponerlas en práctica. Con otras palabras, habría que empezar a
"aplicar" el pragmatismo[5], con todo lo paradójico que esto pueda parecer.
Volviendo a la situación de
Latinoamérica, creo que podemos decir que en nuestros países no ha dominado
nunca la manera analítica de hacer filosofía. En parte esto se debe a nuestra
tradición hispánica, y, en los últimos decenios, a la influencia del marxismo.
Hemos preferido ver la filosofía como un instrumento para mejorar el mundo, y
no solamente para pensar el mundo. De todas formas, hay que admitir que el marxismo
es una filosofía para iniciados, con un aparato conceptual propio, con unas
premisas que deben mucho a las teorías científicas del siglo XIX, y que,
además, como decía Marx, "no predica ninguna moral". Me parece que no
sería arriesgado afirmar que los marxistas también consideran que la naturaleza
última de la sabiduría que ellos buscan es científica, no moral.
El problema con estas "visiones
científicas" de la sabiduría es que, como diría Peirce, "bloquean el
camino de la investigación" y se vuelven dogmáticas; creen que la misión
del científico o del filósofo es "descubrir la verdad" y perfeccionar
los instrumentos para su difusión. Conciben las instituciones educativas como
centros de adoctrinamiento, y ven la actividad política como un medio para
llegar al poder e imponer su visión de la realidad (que, por supuesto,
consideran como la única correcta). Para ellos, la verdad es algo fijo, una
especie de fórmula última de la realidad que no admite discusión. Poco espacio
queda para la participación democrática en una visión de la verdad como la que
describe Isaiah Berlin:
En primer
lugar, [se supone que] todas las cuestiones genuinas deben tener una respuesta
verdadera y sólo una, siendo todas las demás respuestas necesariamente
erróneas. En segundo lugar, que debe haber un sendero seguro hacia el
descubrimiento de esas verdades. En tercer lugar, que las respuestas
verdaderas, cuando se encuentran, deben ser necesariamente compatibles entre sí
y formar un único todo, ya que una verdad no puede ser incompatible con otra
[...]. En el caso de las costumbres, podríamos entonces concebir lo que debía
ser una vida perfecta, cimentada sobre una comprensión correcta de las reglas
que gobernaban el universo[6].
¿Qué otras implicaciones tiene ver la
sabiduría como de naturaleza moral más que científica? ¿Qué supone esto para el
filósofo que busca colaborar en la construcción de su sociedad? Mi tesis es que una visión moral de la filosofía es más apropiada que
una visión científica para la construcción democrática de la sociedad. Y sostengo, además, que la visión científica de la sabiduría es sólo
una de las múltiples posibles visiones de la verdad y de la sabiduría.
En última instancia, el asunto no es descubrir cuál es la visión
"correcta" de la realidad, sino cuál es la visión más apropiada para
el florecimiento humano, para la eudaimonía. Sostener que el problema
consiste en descubrir cuál es la visión correcta de la realidad supone estar
presos dentro de una imagen o visión del mundo, que nosotros mismos hemos
creado. Me parece que podemos afirmar que nunca llegaremos a ver las cosas como
las ve Dios, que nunca podremos llegar a descubrir la naturaleza última de las
cosas, pues nuestra visión siempre será humana. Pero esto no es malo; es,
simplemente, nuestra condición. Como dice Kant al inicio de la primera Crítica,
"la razón humana tiene, en una especie de sus conocimientos, el destino
particular de verse acosada por cuestiones que no puede apartar, pues le son
propuestas por la naturaleza de la razón misma, pero a las que tampoco puede
contestar, porque superan las capacidades de la razón humana"[8].
Parte de nuestra estrategia para escapar de ese acoso y encontrar unos "momentos
de paz" consiste en crear imágenes de nuestra situación en el mundo; la
labor de los filósofos consiste en destruir sistemáticamente las imágenes
empobrecedoras que nosotros mismos hemos forjado. Tal vez por eso es que a
muchos les resultamos antipáticos.
¿Es que no puede hablarse de
"verdad" en una visión moral de la sabiduría? Yo diría que sí, a
condición de que no caigamos en la trampa de aceptar la definición de verdad de
la otra visión. Permítanme contarles una doble experiencia personal. Durante
muchos años pensé que la palabra "inteligencia" significaba algo así
como la capacidad de leer dentro (intus-legere) de las cosas, para
descubrir su "esencia última" y fundamental. Pero hace unos años,
leyendo el libro de Raymond Boisvert La metafísica de John Dewey,
descubrí lo siguiente: "El término [inteligencia] significa 'seleccionar
entre varios'. El latín intellectus del cual deriva es un compuesto de inter
(entre) y legere (seleccionar)"[9].
De manera que tiene razón John Dewey cuando afirma, en La búsqueda de la
certeza, que
La inteligencia
[...] se asocia con la capacidad de juzgar; esto es, con la selección y la
disposición de los medios para lograr resultados, y con la elección de lo que
consideramos como nuestros fines. Un hombre es inteligente no por tener una
razón con la cual comprende verdades primeras e indemostrables sobre principios
fijos, con el fin de razonar deductivamente a partir de ellos hacia los
particulares, sino por su capacidad de estimar las posibilidades de una
situación y de actuar de acuerdo con su estimación.[10]
Esta diversa
concepción de la palabra es, en el fondo, lo que hace del israelita y
del cristiano un sujeto responsable más que un sujeto pensante. La palabra bíblico-cristiana
prefiere la obediencia a la reflexión. El griego reflexiona sobre una teoría;
el judeo-cristiano obedece a la verdad que ha acontecido y que le viene
propuesta e interpretada para que en él suceda de nuevo: él tiene el cometido
de "realizar la verdad"[11].
Para un judío del Antiguo Testamento,
hablar de verdad era hablar de fidelidad, de algo que hay que hacer; para un
griego, hablar de verdad es hablar de teoría, de algo que hay que pensar. Tal
vez por eso es que Jesucristo se presenta a sí mismo como "la
verdad": un modelo de vida que hay que seguir y al que hay que ser fiel,
más que un cuerpo de doctrina que hay que conocer y aplicar.
Otra implicación de la visión moral de
la sabiduría que quiero explorar con ustedes es la que se refiere,
precisamente, a nuestra forma de vivir en sociedad como seres inteligentes,
libres y responsables. Mi tesis aquí es que a la democracia como forma de vida
le va mejor aliada con una visión moral de la sabiduría y de la verdad que
aliada con la visión científica. La visión científica se presta para la
construcción de estados totalitarios, sean estos de izquierda o de derecha...
La visión moral, en cambio, promueve y fomenta el diálogo entre iguales. Dice
Hilary Putnam: "Si lo interpreto correctamente, la comunidad ideal de Kant
es una comunidad de seres que piensan por sí mismos sin saber lo que es la
'esencia humana', sin saber lo que es la 'eudaemonia', y que se respetan unos a
otros por hacer eso. Éste es el
'reino de los fines' de Kant"; "todos tenemos el poder de pensar por
nosotros mismos respecto a la pregunta ¿cómo vivir?"[12].
El punto es que no existe la manera perfecta de vivir sobre la tierra.
Hay muchas maneras correctas de vivir como seres humanos. Podemos construir civilizaciones
enteras basadas en supuestos sobre qué es el ser humano y cómo alcanza su
realización, pero —salvo quizás los límites impuestos por la biología y el
medio ambiente— no creo que podamos afirmar que hemos llegado, o que algún día
llegaremos, a descubrir la forma perfecta de vida humana sobre la Tierra.
Creo que todos ustedes estarán de
acuerdo en afirmar que la discusión sobre la pregunta fundamental "cómo
vivir" es de carácter ético, no científico. Incluso si escogemos vivir en
un mundo dominado por la técnica y que idolatra la ciencia, será una decisión
ética la que nos lleve a esa forma de vida, no la ciencia misma. Pues bien:
resulta que sobre esas decisiones de carácter fundamental para nuestras vidas
es sobre lo que más discutimos y reflexionamos. Digo esto para salir al paso de
la acusación de relativismo que para algunos podría implicar la visión moral de
la sabiduría. En la visión moral de la sabiduría no todo "da igual".
Eso es escepticismo. Quien de verdad se pregunta y reflexiona sobre cómo vivir
desea encontrar una respuesta, y confrontar su visión con la de sus semejantes,
y con la de otros seres humanos que vivieron antes y que opinaron sobre la mejor
manera de vivir sobre la Tierra. Desea encontrar una respuesta, pero nunca se atreverá
a decir que ha encontrado la solución pretendida por la naturaleza; nunca dirá
que ha resuelto el enigma de la vida. Quien tiene la visión científica está
próximo a ese error. Bloquea el camino de la investigación. Cree que puede ver
lo que otros no ven.
Con lo dicho hasta aquí será evidente
que lo mejor que el filósofo puede hacer para colaborar en la construcción
democrática de su sociedad será fomentar que las personas piensen por sí mismas
sobre esta pregunta fundamental: cómo vivir. Kant decía que no se enseña
filosofía; se enseña a filosofar. Enseñar a nuestros alumnos a filosofar, a
pensar por sí mismos, es ya una contribución importante a la sociedad. Pero hay
más cosas que podemos hacer.
Dice Odo Marquard: "El vicio
profesional de los filósofos, su déficit crónico de consenso, se muestra como
una virtud interdisciplinar ultramoderna: sobre todo su capacidad de
sobrellevar valerosamente los desacuerdos de la conversación"[13].
Me parece que en el contexto que nos toca vivir tenemos que aprender a
"sobrellevar valerosamente los desacuerdos en la conversación". Eso
es otra forma de decir que debemos aprender a dialogar. Debemos aprender, como
decía un amigo, a ir del brazo de los que no piensan como nosotros. Creo que
los filósofos y los intelectuales debemos dar ejemplo en este campo, y no
dejarnos llevar por viejas disputas de escuela.
Otro posible campo de acción para el
filósofo: la opinión pública. Es lamentable que en círculos profesionales no
sea del todo bien visto que un filósofo escriba en los periódicos. Se considera
como una cierta degradación. Pero Kant decía que la filosofía debería ocuparse
de lo que interesa realmente a todo el mundo; y esas cosas que interesan a todo
el mundo pueden leerse y discutirse en los periódicos, no sólo en las revistas
especializadas. Pero en esto hay que matizar. ¿Con qué fin va el filósofo a
tratar de influir en la opinión pública? Claro está que podría hacerlo como
medio para impulsar determinadas ideologías políticas, o para dar su opinión
sobre asuntos que preocupan a toda la ciudadanía. Pero, con todo el respeto que
me merecen quienes esto hacen, creo que no es lo más propio del filósofo, al
menos cuando escribe qua filósofo.
Comparto la afirmación de Daniel Innerarity:
Los filósofos
somos, de una u otra manera, aguafiestas del lugar común. Y esto tiene muy poco
que ver con la filosofía ligera de los libros de autoayuda, que en la mayoría
de los casos dan soluciones muy obscenas e inmediatas. Si la filosofía puede
hacer algo en relación a la política, a la ética, a la estética, es señalar, a
veces siendo molesta, que hay problemas donde los administradores oficiales de
ese ámbito se creían que no había ningún problema[14].
Es verdad: la misión de los filósofos,
desde Sócrates, es despertar de la modorra, como el tábano. No consiste en dar
soluciones. "Lo más opuesto al filósofo es el vendedor", dice también
Innerarity. No vendemos ideas; suscitamos dudas. Decía Wittgenstein que
"siempre es bueno en filosofía plantear una cuestión en lugar de
dar una respuesta a una cuestión. Pues una respuesta a una cuestión filosófica
fácilmente puede resultar incorrecta; no así su liquidación mediante otra
pregunta"[15];
y también: "Todo lo que la filosofía puede hacer es destruir ídolos".
Ciertamente, la labor del filósofo —al
menos en nuestros días— tiene algo de deconstrucción, de desmontaje de los
grandes sistemas conceptuales. Pero esa labor también es, en cierta forma,
positiva. Es la labor de la clarificación de nuestros conceptos, de los
conceptos con los que vivimos nuestras vidas. Estoy convencido de que la mayor
parte de las discusiones inútiles y de los enfrentamientos peligrosos que nos
toca vivir o presenciar tienen su origen en una falta de clarificación de conceptos
como democracia, diálogo, consenso, paz, educación, libertad, justicia,
derecho, individualismo, solidaridad, bien común, y tantos otros. Pero notemos
algo importante: al hablar de clarificar no estoy queriendo decir que debamos
"descubrir" el "verdadero" significado de esos conceptos.
Si fuera así, estaríamos cayendo en la visión científica de la sabiduría, que
aquí intento superar. El filósofo que abriga la concepción moral de la
sabiduría se esforzará en describir las prácticas en las que están enraizados
nuestros conceptos y formas ordinarias de hablar, en lugar de tratar de
fundamentar el conocimiento (o nuestras formas ordinarias de hablar y de
pensar) en verdades indudables y eternas. Existe una gran diferencia entre
"encontrar la definición real de la democracia" (que sería la visión
científica) y describir lo que se hace cuando se dice que se vive en
democracia. Los conceptos (y las palabras que los representan) son aglutinantes
de prácticas, de formas de vida, de juegos —diría Wittgenstein—. Lo original,
lo primario, es la experiencia humana, y no las teorías que hacemos sobre la
experiencia. Incluso la práctica de argumentar haciendo uso de la lógica es una
práctica humana, que tenemos en alta estima por los resultados que proporciona
para la coexistencia pacífica. Pero debemos dejar de lado el espejismo de creer
que existe un "lenguaje de primer orden", un lenguaje pretendido por
la naturaleza, al que todos los demás lenguajes se reducen, el cual, por
coincidencia, es el que ha descubierto (o va camino de descubrir del todo) la
ciencia y la filosofía occidental.
"El filósofo —dice
James Gouinlock— puede ser un eficaz participante en el examen y la
clarificación de las perplejidades morales, así como en la iluminación de nuestras
batallas morales, pero no puede prescribir soluciones para las mismas. Puede
ayudar mucho; tal vez como líder, pero no como legislador"[16].
Claro está que a veces será difícil que el filósofo no se incline hacia una
determinada interpretación —como hago yo mismo ahora, que abogo por una
concepción moral de la filosofía—, pero eso no debería considerarse malo o
indeseable. Como enseñan los expertos en negociación: la claridad surge cuando
todos somos capaces de reconocer abiertamente nuestros intereses. No hay ser
humano que no tenga intereses, que no busque hacer avanzar una particular
concepción del mundo y de la vida (la suya); lo malo es tratar de imponer los
intereses, a costa de los intereses legítimos de los demás.
Otra tarea en la que
considero que el filósofo debe tomar el liderazgo: pensar nuestra sociedad.
William James decía que "donde no hay visión, la gente perece". La
filosofía no es sólo argumentos; es también visión. "Hay algo que
decepciona —dice Hilary Putnam— sobre un trabajo filosófico que contiene
argumentos —por muy buenos que sean—, pero que no está inspirado por una
visión; y algo que decepciona sobre un trabajo filosófico que contenga visión
—por muy inspirada que sea—, pero que carezca del apoyo de los argumentos. Por
visión me refiero a [la idea de] cómo vivir nuestras vidas y cómo ordenar
nuestras sociedades. [...] Los filósofos tienen una tarea doble: integrar
nuestras varias opiniones del mundo y de nosotros mismos, y ayudarnos a
encontrar una orientación significativa [en la vida]"[17].
Para pensar nuestra sociedad, para tener una visión de lo que queremos ser,
hemos de ver hacia atrás, hacia nuestra historia. En el particular caso de
Guatemala, pienso que tenemos una especial urgencia de escribir la historia de
las ideas, por no decir la historia de la filosofía. Algo se viene haciendo en
esta línea.
John Dewey definía la
filosofía como la "crítica de la crítica"[18]. Quería decir con esto que la filosofía debería consistir en la
actitud vigilante —de crítica— de las herramientas conceptuales que utilizamos
para trazar las imágenes de nuestra situación en el mundo. Es una labor
interminable, como bien puede suponerse. Y no siempre del agrado de los
poderosos, pues a los que tienen poder les gusta que les proporcionen el
fundamento de sus convicciones, no que las cuestionen. Al final, puede decirse
que el impulso a filosofar es tan humano como el impulso a repudiar la
filosofía. Estamos en una etapa en la que la filosofía ya no es vista como la
ciencia última, fundamento de todas las demás, sino como una actividad crítica,
que nos invita a no quedar cautivos dentro de las imágenes que nosotros mismos
hemos fabricado. Creo que la visión moral de la sabiduría va más en esta línea,
y que la visión científica se está agotando. Con Hilary Putnam me gusta ver la
filosofía como "una reflexión sobre el modo en que los seres humanos
pueden solucionar las diversas clases de 'situaciones problemáticas' a que se
enfrentan, ya sea en la ciencia, la ética, la política, la educación o
cualquier otra materia", y no como la búsqueda de la teoría definitiva que
lo explique todo, porque, como sostiene John Dewey, el quehacer de la filosofía
es intrínsecamente moral, en el más amplio sentido del término[19].
[1] Agradezco las
observaciones del Prof. Jaime Nubiola (Universidad de Navarra) y de Lisardo
Bolaños (Universidad Francisco Marroquín).
[2] Debo esta
distinción a James Campbell, quien en su ensayo "Philosophers and the
Nature of Wisdom" (Cap. 8 de su libro The Community Reconstructs. The
Meaning of Pragmatic Social Thought, Urbana and Chicago: Univesity of
Illinois Press, 1992), afirma que uno de los factores que han contribuido a
replantear la naturaleza de la filosofía y su papel dentro de la cultura, en
los Estados Unidos al menos, es "el desacuerdo básico sobre si la
naturaleza última de la sabiduría que nosotros como filósofos buscamos es
fundamentalmente intelectual o moral" (p. 110 del libro citado).
[3] Ver a este respecto el interesante libro de Pierre
Hadot, Philosophy as a Way of Life. Spiritual Exercises from Socrates to
Foucault (London: Blackwell, 1995).
[4] Por ejemplo, Gary Gutting, en Pragmatic Liberalism
and the Critique of Modernity (Cambridge: Cambridge University Press,
1999).
[5] "Taller de
aplicación del pragmatismo" era el título de una exposición en la Reunión
anual de la Sociedad para el Avance de la Filosofía Americana, en Indianápolis,
en marzo de 2000.
[6] Isaiah
[7] Como señala muy
bien James Conant, “la tendencia del realismo filosófico a eliminar todo lo que
sea humano de nuestra imagen del mundo y de nosotros mismos, es en sí misma una
tendencia profundamente humana” (J. Conant, "Introduction", en
Hilary Putnam, Realism with a Human Face, Cambridge, Mass.: Harvard University
Press, 1990, xlii.)
[8] I. Kant, Crítica
de la razón pura, Prefacio a la primera edición, A vii.
[9] Raimond Boisvert, Dewey's Metaphysics (New York:
Fordham University Press, 1988), 120.
[10] John Dewey, The Quest for Certainty, citado en
Boisvert, 120.
[11] Valero Manucci, La
Biblia como palabra de Dios, 6ª ed. (Bilbao: Desclée de Bouwer, 1997), 49.
[12] Hilary Putnam, Las
mil caras del realismo (Barcelona: Paidós, 1994), 107.
[13] Citado por Daniel
Innerarity, La filosofía como una de las bellas artes (Barcelona: Ariel,
1995).
[14] Daniel Innerarity, en http://www.elpais.es/suplementos/babelia/20010303/b15.html
[15] Ludwig
Wittgenstein, Observaciones sobre los fundamentos de las matemáticas, G.
Henrik von Wright, R. Rhees, G. E. M. Anscombe (eds.) Version española de
Isidoro Reguera (Madrid: Alianza Editorial, 1987), 121. Agradezco esta referencia
a mi amigo Edison Torres.
[16] Citado en James Campbell, 52.
[17] Hilary Putnam, “A Reconsideration of Deweyean
Democracy”, en Pragmatism in Law and Society, p. 217.
[18] Compárese esta
definición con la que da Nietzsche: "La filosofía en sí misma es crítica y
ciencia de la crítica, y nada más" (Más
allá del bien y del mal, Madrid: Alba, 2000, p. 107)
[19] John Dewey, "Has Philosophy a Future?",
publicado por primera vez en Proceedings of the Tenth International Congress
of Philosophy, W. Beth, H. J. Pos y J. H. A. Hollak, eds. (Amsterdam: North-Holland, 1949), pp. 108-16.