IMMANUEL
KANT: EL DEBER Y LA RAZÓN[1]
“Las inclinaciones mismas, como fuentes de las necesidades, están tan lejos de tener un valor absoluto para desearlas, que más bien debe ser el deseo general de todo ser racional el librarse enteramente de ellas.” –Fundamentación de la metafísica de las costumbres
Immanuel
Kant (1724-1804), cuyos escritos son lectura obligatoria para todo aquel que
desee comprender el pensamiento de los siglos XIX y XX, vivió una vida
excepcionalmente tranquila. Kant vivía rutinariamente, y, aunque tenía muchos
amigos, nunca se casó y nunca se aventuró a salir más de 60 km de Königsberg,
Prusia Oriental, la ciudad de su nacimiento y de su muerte. El escritor alemán
Heine, ejerciendo sin duda alguna licencia poética, ha inmortalizado a Kant al
presentarlo como un autómata: “Levantarse, tomar café, escribir, dar clases,
cenar, caminar: todo tenía su tiempo prefijado. Y cuando Immanuel Kant, en su
abrigo gris, bastón en mano, aparecía a la puerta de su casa, y caminaba hacia
la pequeña avenida bordeada de tilos que aún se llama ‘La caminata del
filósofo’, los vecinos sabían que eran exactamente las tres y media en su
reloj”.
La familia
Kant pertenecía a la clase media baja y era muy religiosa. En reconocimiento de
la habilidad académica de su hijo y por las convicciones religiosas de la
familia, el padre de Immanuel lo envió al colegio pietista local a prepararse
para el ministerio. Immanuel continúo sus estudios en la Universidad de
Königsberg, y se interesó mucho en las ciencias naturales y en la filosofía.
Entre 1746 y 1755 fue maestro privado de varias familias de su ciudad. Luego
fue nombrado instructor en su universidad y finalmente, en 1770, obtuvo la
cátedra. Kant fue un maestro muy popular y exitoso. Tal vez pueda sorprender
que alguien tan riguroso en su propia forma de pensar, diera el siguiente
consejo pedagógico: “atiende a los estudiantes de mediana habilidad; a los
tontos es imposible ayudarles, y los genios se ayudan a sí mismos”.
La vida
interior de Kant era tan dramática como gris era su vida exterior: renunció al
lado exterior y emocional de la religión; de un filósofo “literato” de estilo y
pensamiento libre y fluido se convirtió en un filósofo crítico de estilo
trabajado que presentaba pensamientos profundos, sin concesiones de ningún
género; transformó una curiosidad científica espontánea en impulso por explorar
los fundamentos de la ciencia; de ser un seguidor pasivo de escuelas
filosóficas se transformó en el innovador de una importante escuela de pensamiento.
Por otra parte, se interesó mucho en las revoluciones francesa y americana. La
fachada conservadora de Kant ocultaba al verdadero Kant.
El escrito
científico más importante de Kant es su Historia natural general y teoría de
los cielos (1755), en la cual trata de explicar el origen del sistema solar
reformulando la hipótesis nebular. Su trabajo filosófico revolucionario es la Crítica
de la razón pura (1781), la cual se centra en la demostración de que es
posible tener conocimiento cierto en las ciencias naturales y en las matemáticas.
En su Crítica del Juicio (1790) analiza la estética y la biología. Kant
se propone la tarea de encontrar los fundamentos de una auténtica moral en Fundamentación
de la metafísica de las costumbres (1785) y en la Crítica de la razón
práctica. En esta última investiga las implicaciones de la moral para la
religión.
La
dirección de los intereses filosóficos de Kant queda revelada en su famosa
afirmación: “dos cosas llenan la mente con una admiración siempre nueva... los
cielos estrellados encima de mí y la ley moral dentro de mí”. A él le interesa
la naturaleza y la moral. En contra del escepticismo dieciochesco, que ponía en
duda los fundamentos del conocimiento científico y de la moral, Kant propone un
sistema comprehensivo del universo en el cual queda garantizada la certeza.
Según Kant, el escepticismo resulta del error de buscar las bases para la
certeza donde no pueden ser encontradas, esto es, en el contenido de la
experiencia. El fundamento de la certeza, dice Kant, se encuentra en la forma
de la experiencia. Siguiendo esta hipótesis, hace un examen intenso de la
naturaleza del pensamiento para mostrar cómo podemos tener conocimiento cierto
tanto de los hechos científicos como de los deberes morales.
Mediante un
análisis del conocimiento, Kant demuestra que la necesidad y la universalidad
del conocimiento científico se deben a las leyes a través de las cuales se
hacen efectivas las categorías (conceptos) de la mente[2]. Las categorías son las formas de
todo posible conocimiento y no están limitadas a un contenido específico. Por
ejemplo, pertenece a la naturaleza de la mente pensar según el principio de que
todo evento debe tener una causa. El concepto de causalidad que implica este
principio es una de las categorías del entendimiento. Así, a pesar de nuestra
ignorancia de la causa de una determinada enfermedad, estamos sin embargo
seguros de que tiene una causa, y esta certeza es producto de la mente, no de
la observación. Aunque es generalmente admitido que la naturaleza en sí misma
proporciona el orden causal de nuestra experiencia, Kant le da la vuelta a esta
posición, insistiendo en que es la mente la que ordena nuestra experiencia. De otra
forma no podríamos estar ciertos, como lo estamos, de la conexión causal entre
los eventos, ya que, mientras la experiencia nos muestra lo que sucede de
hecho, no nos muestra lo que sucede necesariamente. Las categorías son a
priori –esto es, no derivan de la experiencia; son aplicables
universalmente a la experiencia, y son la precondición necesaria del
conocimiento empírico. Más aún, aunque todo conocimiento necesariamente
comienza con la experiencia, la estructura a priori del mismo no puede
ser adquirida por inducción de la experiencia; sólo puede ser comprendido a
través del examen de los presupuestos de nuestra experiencia ordenada de la
naturaleza.
En su busca
de los fundamentos de la validez de la ética, Kant emplea el mismo método por
el que establece los fundamentos de la certeza de la ciencia. Un principio
moral válido, dice Kant, debe ser independiente de los datos empíricos de
moralidad si es que debe ser vinculante para todos los seres humanos. En suma,
una genuina moralidad, esto es, una moralidad que es objetiva y universalmente
vinculante, requiere una fundamentación a priori. Kant cree que la conciencia
moral ordinaria revela a todos los hombres que los preceptos morales son
universales y necesarios, esto es, válidos para todos los seres racionales.
La
obligación universal, según Kant, no puede ser descubierta por medio del
estudio de datos empíricos tales como los deseos o las inclinaciones humanas,
ya que estos varían de persona a persona. Las bases universales de la moralidad
para las personas deben de encontrarse en su naturaleza racional, ya que ésta
sí es igual en todos. Ninguna “ley moral” es válida si no es racional, esto es,
si no puede ser aplicada a todos los seres humanos sin contradicción. O, puesto
de otro modo, un principio moral debe ser tal que uno pueda desear que todas
las personas, incluyéndose uno mismo, actúen de acuerdo con él. Kant usa el
examen de la consistencia como el principal para la ley moral fundamental, que
él denomina el imperativo categórico: correctas son aquellas acciones
que se conforman a los principios que uno puede desear consistentemente que
sean los principios aplicables a todos, y erróneas son aquellas acciones que se
basan en máximas que una criatura racional no podría desear que todas las
personas siguieran.
A través
del imperativo categórico, por lo tanto, estamos capacitados para distinguir
las acciones correctas de las incorrectas. Sin embargo, dice Kant, el
imperativo categórico no es solamente el test, sino la guía incondicional de nuestro
comportamiento. Es vinculante para todos porque todo ser racional reconoce la
obligación de seguir la razón. El imperativo categórico es, de hecho, la única
base para determinar nuestras obligaciones. Kant argumenta que la validez de la
ley fundamental no se vería afectada aun si todos la violaran de hecho. La
razón prescribe el deber, y la ley moral se mantiene, con independencia de que
la gente la obedezca o no.
[1] Traducido de: Denise, Peterfreund y White, Great Traditions in Ethics, Belmont, Ca.: Wadswoth, 1996, pp. 179-182.
[2] A lo que Kant se opone del
escepticismo es a su teoría de que el conocimiento de la experiencia o de las
apariencias (phenomena) no pueda ser cierto. Según esta teoría, es el
conocimiento de la última realidad o de las “cosas en sí mismas” (noúmena) el
que es imposible.