LAS RAÍCES DE LA ECONOMÍA EN EL
MUNDO-DE-LA-VIDA[1]
Por Kenneth W. Stikkers
Traducido por Moris Polanco
Una forma
de entender la fenomenología como movimiento unitario –esto es, a pesar de las
múltiples variantes que contiene– es verla como una respuesta radical a la
“crisis” de la civilización occidental, una civilización cuya señal distintiva
ha sido la jactancia de las ciencias. Lo que se encuentra en el corazón de esta
crisis, observó Edmund Husserl, es el cientificismo: la reificación de la razón
científica en las formas de “naturalismo” y “objetivismo”. Tal razón
objetivadora se olvida de la subjetividad, del espíritu humano, que hace
que cosas como la ciencia sean posibles. El cientificismo es la razón que se ha
desconectado a sí misma del flujo de la experiencia humana concreta de la que
surgió, y en cuyas venas de pensamiento “no fluye sangre auténtica” (Dilthey).
Desprendida de sus raíces mundano-vitales, el cientificismo se condena a sí
mismo a colapsar en anti-razón y barbarismo.
Lo que el
surgimiento del cientificismo significa es que las distintas ciencias naturales
y sociales –que en su concepción inicial eran sirvientes de la humanidad–, ya
no responden a los intereses vitales y subjetivos de personas concretas ni son
evaluadas por ellos, sino que sólo son responsables ante sus propios principios
de medición objetiva. Por ejemplo, un médico moderno podría sostener, sin
ningún sentimiento de contradicción, que su operación fue exitosa, aunque su
paciente haya muerto. “Éxito” aquí significa conformidad con ciertos
procedimientos quirúrgicos racionalmente predeterminados más que incrementar el
sentimiento subjetivo de salud en el paciente. En forma similar, a través de la
edad moderna, encontramos requisitos abstractos, técnicamente mensurables, que
las burocracias y las tecnologías construyen sobre criterios cientistas,
descuidando las necesidades subjetivas y sentidas de personas concretas, a
quienes tales burocracias y tecnologías en principio están llamadas a servir.
Observamos
el surgimiento del cientificismo más claramente en el desarrollo de la economía
moderna. Entre las ciencias sociales, la economía es la más desenganchada de
sus orígenes en el mundo de la vida. En forma creciente en el dominio de la economía
moderna, las personas sienten que deben sacrificar sus preferencias personales
en señal de servidumbre a los requerimientos abstractos de incremento de
ganancias, eficiencia industrial y “producto nacional bruto”. Los economistas
pueden juzgar que determinadas políticas han sido “exitosas” aunque la pobreza
y la tensión se hayan incrementado, y de esta forma están en peligro de
volverse como el médico descrito arriba. Posiblemente ninguna ciencia ejerce
más influencia hoy en día que la economía, y sorprendentemente es la ciencia
sobre la que los fenomenólogos menos han dicho. Los fenomenólogos han descrito con gran detalle el surgimiento y
la naturaleza del moderno tecnologismo, pero no han dicho casi nada sobre el economismo
que parece dirigirlo.
Mi
propósito aquí es identificar brevemente tres lugares específicos donde el
desapego de la economía del mundo-de-la-vida se muestra más claramente, y donde
la fenomenología puede ayudar a la ciencia económica a recuperar sus raíces.
Estos son:
(1) la
noción de “escasez”
(2) el
desarraigo del “mercado”, y
(3) la
transvaluación de los valores económicos.
Prácticamente
todos los textos contemporáneos sobre economía incluyen en sus definiciones la
noción de escasez. La economía generalmente se define como la ciencia de la
producción y distribución de bienes y servicios a la luz de la escasez de los
recursos; la escasez es la que hace que la producción y distribución de bienes
y servicios sea un problema para la economía porque –se asume– las apetencias
humanas son ilimitadas.
Es interesante
notar que mientras la moderna economía occidental deplora la escasez de objetos
de consumo, la “tacañería” de la naturaleza, la gente tribal, que vive
orientada hacia la comunidad, toma parte con más frecuencia en rituales de
acción de gracias, y celebran la dadivosidad de la naturaleza, aun cuando según
todas las medidas objetivas deberían estar más conscientes de la supuesta
escasez de los bienes de la tierra. Pero la gente de orientación comunitarista,
que vive más cerca de la tierra y está constantemente consciente de los ciclos
siempre cambiantes de la naturaleza, está más profundamente consciente de otra
forma de escasez: la finitud de la vida humana.
De hecho, en relación con
el vasto contenido de este universo, es nuestra existencia la que resulta
escasa. Es nuestro propio ser-hacia-la-muerte que hace que todas las cosas parezcan
escasas y preciosas, y lo que concede a las cosas del mundo su “valor”,
económico o de cualquier otro tipo. La escasez económica es sólo una
manifestación de la finitud humana. Si no fuéramos criaturas de tal finitud,
todos los posibles objetos de deseo serían alcanzables, y el mundo cesaría de
ser un reino de valores. Podemos apreciar mejor este punto si nos imaginamos
como teniendo sólo unos pocos momentos para vivir. En tal situación el mundo
aparecería de forma muy diferente a como lo vemos en nuestro diario vivir, en
que lo damos todo por hecho. Los árboles, el cielo, el aire que respiramos, la
misma tierra sobre la que caminamos, todo adquiriría un sentido más elevado. De
cara a nuestra propia muerte todo aparece precioso y adquiere lo que Thornton
Wilder llamaba “un precio sobre todo precio”. Pero esta situación imaginada no
es tan diferente de aquella en la que nos encontramos a nosotros mismos ahora o
en cualquier otro momento de nuestra vida, pues la muerte revolotea sobre cada
instante de nuestra vida y a su sombra todas las cosas irradian su valor. Al
ver las riquezas de la tierra claramente dentro del contexto de la propia mortalidad, ¿quién sería tan insensato como
para etiquetarlas con un precio?
La noción de escasez
económica es por lo tanto una antropomorfización de la naturaleza, un intento
de descargar nuestra finitud sobre el mundo. De esta forma, decir –como suelen
decir los economistas– que los deseos humanos son ilimitados e insaciables es
confesar secretamente la incapacidad para afrontar (no digamos aceptar) la
propia finitud y la propia muerte. De hecho, como el sociólogo Philippe Aries
ha señalado[2], paralelo al crecimiento de la
economía moderna ha ido la tendencia del hombre occidental a negar su
mortalidad, pues la muerte envenena nuestros placeres materiales y se burla de
nuestras ambiciones de poder y riqueza. Entre más obsesionada está una sociedad
con el crecimiento económico ilimitado y el consumo de bienes, más aparece la
muerte como una intrusión violenta en la libertad que cada uno tiene de
consumir, y más escasos parecen los bienes de la tierra. Por otra parte, entre
más profundamente acepta una sociedad la muerte como una parte natural de la
vida –esto es, entre más acepta la finitud humana–, menos interesada estará en
el progreso económico ilimitado y en la acumulación de bienes; entre más
abundante aparece el mundo, más generosa se vuelve la conducta humana.
Sí: la escasez es un hecho
de la vida, pero no es una cualidad objetiva de la naturaleza, como los
economistas comúnmente sostienen. Más bien, la experiencia de la escasez se
genera por los deseos humanos, y estos deseos a su vez derivan de la finitud
humana. Si la finitud no fuera un hecho de nuestra existencia, no desearíamos
nada y consecuentemente no tendríamos experiencia de la escasez.
La noción de escasez
económica, por lo tanto, trabaja para ocultar nuestra finitud, y al aceptarla
como la base de nuestra ciencia económica, construimos a partir de ella una red
de conceptos económicos que amenazan sumirnos en el autoengaño: empezamos a
imaginar que somos inmortales, que podríamos consumir sin término, si la
naturaleza proveyera. Ese significado de la vida, de hecho, procede del
consumo, que supuestamente alimenta nuestra sed infinita.
El desarraigo del
mercado
El divorcio de la economía
moderna de sus raíces mundano-vitales es más claro en la noción de “mercado” (market
place). El mercado se ha extendido enormemente en la historia reciente. En
la antigua Grecia estaba limitado a una localidad particular, identificable:
ή αγορά. Recuérdese, por ejemplo, que Aristóteles
da como ejemplo de la categoría de localización (πού), “en el
mercado”[3]. Y hasta este siglo, el término “mercado”
connotaba primordialmente una villa o calle de mercado. Pero lo que los
economistas comúnmente llaman “el mercado” hoy en día es para nosotros como una
matriz ilimitada, no localizada, generada por el pensamiento calculador y
comercial. Como tal, se asemeja al “espacio absoluto” descrito por la física
newtoniana[4]. Esta matriz comercial parece
englobar el universo entero: prácticamente todas las cosas en el mundo moderno
se encuentran como cubiertas por el
mundo de las transacciones comerciales para quedar de esta forma convertidas en
commodities. Todo está a la venta y tiene precio en este mercado
extendido. En suma, el mercado localizado del mundo de la vida de una villa o
comunidad se ha extendido y ha sido transformado en el especio mercantil sin
límites del mercantilismo.
Mientras caminamos a través
de las modernas tiendas de departamentos y de los supermercados, los llamativos
envoltorios y los precios racionalmente calculados que muestran las etiquetas
nos ocultan los valores sentidos de la vida que en definitiva hacen que cosas
como el comercio, el regateo o la especulación sean posibles: tales cosas
escasamente ofrecen un indicio de su fuente principal: la tierra. Por
contraste, el mercado de la villa desvela los valores de la vida, los valores
de la tierra: el suelo, las frutas, las artesanías, la lluvia, el sol y el mar;
todo se combina en esas transacciones. El mercado primordial celebra los
valores de la vida que han sido cosechados de la abundancia de la tierra, pero
que el moderno mercantilismo da por hecho.
Como lugar de reunión, el
mercado es presentado por Sócrates como el lugar apropiado para el diálogo
filosófico, el cual reúne (λεγειν) en λογός, el Uno, lo cual también es τό άγαθόν, de τό παντά, pertenecer a la tierra. El mercado
es el lugar de habitación del λογός. Por mi participación-en, mi
estar-en, el mercado, éste me hace un sitio [be-long to me]. A través de
la algarabía del hablar vano (δοχά), los valores vitales
concentrados en el mercado me hablan desde las profundidades silenciosas de la
tierra. Los bienes de la tierra me anuncian su valor, dirigiéndose a mis
intereses vitales sentidos, y compitiendo entre sí para satisfacer mis
intencionalidades vitales; ellos me poseen, antes de que yo ofrezca, no
ofrezca, regatee o pague. Como escribe Manfred Frings, “al estar en el mercado
yo escucho (gehoren) el Logos des-ocultado” de los valores vitales[5].
En el mercado moderno, la
tierra es parcelada y vendida como “bienes raíces”, como un bien entre muchos.
Pero en el mercado de la vida comunitaria la tierra no puede ser vendida ni
comprada, pues ¿quién puede poseer aquello de lo que todo valor procede? Uno
convierte la tierra y sus frutos en propios no por posesión (i.e., poder), sino
a través de la “inversión” del propio sudor, trabajo y sangre –propiedad en el
sentido fundamental, como reconocen todas las teorías laboristas del valor.
Lo que este rompimiento de
la tierra significa, es que el moderno espacio mercantil no conoce límites (περάς)
(como frecuentemente se sostiene en los debates de “los límites del
crecimiento”): en su concepción, no contiene un principio de balance o
proporción (άρμονιά), necesario para una
vida y un mundo armonioso y pacífico. Se aproxima al anaximándrico ά πειρον.
Consecuentemente, la moderna matriz mercantil de valuación, careciendo de toda
humildad ante los valores más altos de la vida y del espíritu, arrogantemente
afirma su medida de ser sobre todos los reinos de la experiencia humana, produciendo
una profunda perversión en el proceso de valuación económica.
La transformación de los
valores económicos
Martin Heidegger ha
mostrado en forma bastante completa cómo el des-ocultamiento del Dasein como
encontrarse-de-golpe-con-la-muerte hace posible nuestra capacidad de cuidar del
Ser, de otorgar “valor” a cualquier cosa –personas y todas las criaturas de la
tierra–, lo que nos confiere la posición ontológica privilegiada de ser
“pastores del Ser”[6]. Ahora bien, como hemos sugerido
arriba, el pensamiento calculador de la ciencia económica moderna intenta
quitarnos la carga de nuestra finitud, de nuestro ser-para-la-muerte, y
verterla sobre el mundo a través de la noción de “escasez”. Más aun, el mercado
moderno y su matriz de valores no están ya ontológicamente conectados a la
tierra. De esta forma, podemos esperar que en la economía moderna el “cuidado”
se pierda: nos olvidamos de nuestro estatus privilegiado, y toda la valoración
que emana del des-ocultamiento de ese estatus se vuelve inauténtico y
distorsionado. De hecho, en el mercado moderno [el lugar] observamos una
profunda transvaluación y perversión de valores. Desencarnados de sus orígenes
mundano-vitales y desenraizados del cuidado, los valores abstractos y
cuantificables de la economía se han difundido sin límite y han afirmado su
propia autonomía y derecho a emitir el juicio final sobre todas las cosas. Como
dice el economista E. F. Schumacher: “Llame a una cosa inmoral o fea,
destructiva del alma o degradante para el hombre, un peligro para la paz mundial
o para el bienestar de las futuras generaciones; mientras no haya mostrado que
sea ‘antieconómica’ no ha cuestionado realmente su derecho a existir, crecer y
prosperar”[7].
En sus ensayos Ressentiment[8] y “Der Bourgeois”[9], Max Scheler describe muy bien la
historia social de esta transvaluación de los valores económicos. Los últimos
surgieron, dice Scheler, del profundo resentimiento de la naciente
burguesía, a partir del siglo XIII, todavía bajo la dominación de la
aristocracia. Súbitamente,
este resentimiento
explotó y sus valores se difundieron y triunfaron. Cuando los mercaderes y sus
representantes se hicieron dominantes, especialmente en los países
occidentales, sus juicios, gustos e inclinaciones se convirtieron en los
criterios de la producción industrial, incluso en sus aspectos intelectuales y
espirituales. Sus símbolos y concepciones acerca de la naturaleza última de las
cosas (...) llegaron a reemplazar a los antiguos símbolos religiosos, y por
todas partes su forma de valoración se convirtió en el criterio de
“moralidad” (...)
¿Cuáles son esos valores?
Continúa Scheler:
La astucia, la capacidad de
adaptarse rápidamente, una mente calculadora, un deseo de “seguridad” y de
ausencia de trabas en las transacciones en todas las direcciones (y las
cualidades que conducen a esas condiciones), un sentido de “cálculo” de todas
las circunstancias, una disposición por la estabilidad en el trabajo y
laboriosidad, economía y exactitud para concluir y cumplir con los acuerdos:
estos son los valores cardinales hoy en día[10].
En suma, la moralidad
burguesa elevó los valores del industrialismo por encima de los valores de la
vida: la vida se hace equivalente a productividad, eficiencia y economía. Esta
transvaluación de valores fue denunciada por Scheler como “decadencia”[11]. “La más profunda perversión
de la jerarquía de valores”, declaró, “es la subordinación de los valores de la
vida a los valores de la utilidad, que gana fuerza a medida que se desarrolla
la moralidad moderna. Desde la victoria del espíritu industrial y comercial
(...) este principio ha estado penetrando aun más profundamente, afectando los
juicios de valor más concretos”[12]. Lo que esto significa es que
“ahora la vida en sí misma –la pura existencia de un individuo, una raza, una
nación– debe ser justificada por su utilidad para una comunidad mayor.
No es suficiente si esta vida en sí misma contiene valores más altos que los
que la utilidad puede representar; su existencia debe ser “ganada”. El derecho
a vivir y existir, que la antigua moralidad preindustrial incluía entre los
“derechos naturales” es negada teórica y prácticamente”[13]. De hecho, en el mercado moderno
uno debe “ganarse la vida”, y esto significa servir a metas abstractas como
incrementar las ganancias corporativas y el producto interno bruto, sin
importar si tal actividad es promotora o destructora de la vida. La vida deja
de existir por propio derecho o por los valores espirituales de la persona;
debe hacerse a sí misma económicamente rentable.
Esta inversión de los
valores de la vida y la utilidad tiene profundas implicaciones para la
auto-comprensión del hombre moderno. Karl Marx describió muy bien cómo en la moderna
economía de mercado las personas son reducidas al bien “fuerza de trabajo”; la
queja de los trabajadores de ser tratados como mercancías o como máquinas es
bien conocida por todos. Pero en los estados más avanzados del “ethos
industrial”, la gente comienza a pensar en ella misma en esos términos: en
nuestra sociedad escuchamos que las personas hablan de “venderse a sí mismas”
en el mercado laboral, y de presentarse de la mejor manera para lograr la
“venta”. Recientemente, en un tablero de avisos de una universidad, se leía el
siguiente anuncio: “Su futuro depende de cómo se mercadee”. Aun más, en
una era en que se valoran más las máquinas que la vida, la gente paulatinamente
se ve a sí misma como máquinas bien aceitadas, y adoptan las concepciones
mecanicistas de la vida, con el fin de preservar el sentido de que valen algo.
Como escribe Scheler, “‘la vida’ en sí misma no es ya un fenómeno original,
sino sólo un complejo mecanismo de procesos mecánicos y mentales. La visión
mecanicista de la vida ve al ser vivo como una máquina y su organización como
una suma de herramientas útiles que solamente difieren en grado de las herramientas
producidas artificialmente. Si esto fuera verdad, la vida natural no podría
tener un valor independiente del valor combinado de esos ‘órganos’”[14]. Las personas se valoran a sí
mismas como máquinas económicamente productivas.
Pero el enraizamiento
primordial de la economía en los valores mundano-vitales, más que en los
valores de la utilidad, se muestra en su significado original como
όιχο-νομια, es decir, cuidado de
la casa humana, siendo esa casa generalmente la tierra viviente con la
constelación de las relaciones familiares en su centro. El bien-estar de la
familia es la media original de la economía.
En medida creciente, sin
embargo, como Scheler demuestra, la economía ha llegado a ser la medida de la
vida en general y de la familia en particular. El bienestar de la familia es
juzgado no por la vitalidad de sus relaciones interpersonales y la profundidad
del amor que sus miembros guardan entre sí, sino según su viabilidad económica
y su riqueza. Las posiciones familiares quedan reducidas a funciones económicas
y juzgadas por estándares comerciales. Un “buen marido” y “buen padre” es un
“buen proveedor”; una “buena esposa” y “buena madre” es una buena consumidora,
una “compradora inteligente”; y los niños se ven como commodities o
inversiones[15]. Originalmente, la familia era la
raíz de la economía, pero ciertas teorías sociales, e.g., la de Karl Marx,
describe a la familia como primariamente una institución económica y
ciertamente no como una morada de amor personal.
Más ampliamente, la
economía, como una valor enraizado en la familia, es un valor de conservación
más que de frugalidad (como se tiende a pensar hoy en día). La gente de vida
comunitaria economiza los frutos de la tierra porque tiene una reverencia
cordial hacia la tierra. Los miembros más reverenciados de la tribu son
aquellos que mustran menos necesidades de bienes materiales: tales individuos
exhiben el más alto grado de adaptación a la vida. Así, incluso hoy, entre
varias tribus de indios norteamericanos, la generosidad continúa siendo la
mayor virtud: a través de actos de generosidad uno celebra su propia salud y
vitalidad[16]. En el Occidente pre-industrial, ha
señalado Werner Sombart, la economía se valoraba como expresión de adaptabilidad
vital entre los pobres, y para ellos solamente. Denotaba la habilidad para
apañarse con la propia porción en la vida. Dentro del cristianismo, por
contraste, la economía se asociaba con el ideal de “pobreza voluntaria” y con
la virtud del sacrificio. Escribe Sombart: “Eso era lo nuevo, la cosa no oída:
¡que uno tuviera los medios y aun así economizar! ¡La idea de economía
apareció en el mundo! Economía no por necesidad, sino por elección; no como
necesidad, sino como virtud”[17]. Uno economizaba tal vez movido por
reverencia hacia la tierra y sus criaturas (e.g., San Francisco), pero
ciertamente no como celebración de los valores vitales. Más bien, uno
economizaba en primer lugar por deseo de auto-redención, por la auto-liberación
del alma de la tierra.
Las nociones arriba
mencionadas del valor de la economía están en agudo contraste con la noción
moderna de economía como “frugalidad”, una versión bastarda de las nociones
cristianas. Lo que se economiza no son los frutos de la tierra, la vida que
florece en la tierra, sino las hipostasiadas unidades de intercambio, esto es,
el dinero[18]. Se dice que uno “economiza” cuando
uno obtiene más por su dinero, incluso cuando esto signifique mayor consumo y
desperdicio de los bienes de la tierra (es decir, cuando uno se cambia a mercados
más baratos). Incluso, en la medida en que el valor del dinero se incrementa,
los valores sentidos de la tierra y de su vida disminuye. Schumacher describe
el asunto de esta manera: “el pensamiento económico (...) extrae lo sagrado de
la vida, porque no puede haber nada sagrado en lo que tiene precio. No
sorprende, en consecuencia, si el pensamiento económico impregna toda la
sociedad, que incluso valores simples, no-económicos, como la belleza, la
salud, o la limpieza puedan sobrevivir sólo si prueban ser “económicos”, esto
es, rentables”[19]. Así, la moderna economía de
mercado se encuentra con una extraña contradicción: se queja de la “escasez” de
los bienes de la naturaleza, pero desperdicia esos bienes a niveles sin
precedente. Esta contradicción es posible porque la economía moderna,
divorciada de sus orígenes mundano-vitales y de los valores comunitarios, se
mide a sí misma de acuerdo a sus propios criterios abstractos y racionalmente
construidos –los cuales toma por la realidad objetiva–, y no de acuerdo a los
sentimientos vitales de bienestar.
No solamente la economía
como valor en sí misma sino también numerosos valores relacionados con la
economía se transforman en el mercado moderno. Mencionemos sólo algunos:
(1) Auto-control.
“Originalmente”, escribe Scheler, “‘auto-control’ significaba primordialmente
la soberanía de la persona espiritual sobre el caos de impulsos sensoriales”. Esto
significaba “la voluntad de dominar los propios apetitos” a través de “la
humildad ante y ‘en’ Dios (...) sin importar si las consecuencias eran buenas o
malas desde el punto de vista de la utilidad personal. Pero ahora el
auto-control es un simple medio para el éxito financiero y para
prevalecer sobre los competidores”[20]. Ha cesado de ser un valor espiritual
positivo de propio derecho y se le asigna una función meramente instrumental.
(2) Libertad.
Originalmente, “libertad” era una noción de base religiosa, que describía la
habilidad para actuar de acuerdo con la propia conciencia moral, libre de
condicionamientos físicos, sociales o políticos. La libertad era valorada no
por sí misma, sino como un medio necesario para la conducta moral y la
responsabilidad[21]. Pero la moderna economía de
mercado ha desligado la libertad de sus raíces éticas: “libertad” ha llegado a
ser un derecho al propio interés, la libertad de maximizar el consumo en el
mercado sin necesidad de preocuparse por la responsabilidad social o por el
bien común. De hecho, tal preocupación sería un obstáculo para la propia
posición en relación con los competidores, como sostienen algunos economistas
modernos (e.g., Milton Friedman[22]).
(3) Confianza. En la
economía de la gente de orientación comunitarista, la disposición psicológica
básica tiende a ser la de mutua confianza y comprensión, unida a un sentido de
generosidad, como lo describimos arriba. Pero en la moderna economía de
mercado, la confianza tiende a ser un obstáculo. La confianza sugiere carencia
de buen sentido comercial y falta de sagacidad: lo vuelve a uno más vulnerable
ante los competidores. La desconfianza surge como el nuevo valor del mercado, y
para mediar en las transacciones comerciales que hoy se basan en la
desconfianza se ha desarrollado un inmenso sistema legal. Requerimos que todo
quede por escrito. Los contratos se basan en la desconfianza, y son un insulto
para la integridad de vida de la gente de orientación comunitarista, para
quienes la palabra dada es suficiente[23]. (Esto último aún es el caso entre
hombres de negocios japoneses, para quienes el recurso a una corte legal es un
signo de la propia incapacidad para resolver las disputas pacíficamente y una
marca de deshonor.)
En este artículo
simplemente he puesto el dedo sobre lo que percibo como un área vasta e
inexplorada para el análisis fenomenológico: las raíces olvidadas de la ciencia
económica. Esta ciencia, tal vez más que cualquier otra, muestra la crisis de
la civilización europea, hacia la que apuntan los fenomenólogos, una crisis
enraizada en la naturalización de la conciencia espiritual que engendra una
pérdida de sentido por la vida en el hombre occidental. He sugerido tres
lugares donde la separación de la economía de sus raíces mundano-vitales se
muestra más claramente, y donde la fenomenología puede ayudar:
(1) La fenomenología
nos ayuda a re-enraizar el concepto económico de “escasez” en la finitud
humana: la “escasez” es posible por nuestro estatus ontológico como
seres-para-la-muerte, más que por la tacañería de la naturaleza.
(2) Un análisis
fenomenológico nos recuerda que antes de llegar a ser una matriz infinita de
transacciones comerciales, desenganchada
de una localidad particular en la tierra, el mercado es primordialmente un
lugar de reunión y celebración de los valores vitales, un lugar donde los
valores de la vida de la tierra nos hablan, se dirigen a intereses sentidos
antes que a cualquier cálculo racional de utilidad.
Y (3), la fenomenología
des-oculta nuestra disposición ontológica fundamental hacia el mundo: la del
cuidado [care[24]]. Tal disposición es fundacional
para todos los actos de valoración, incluyendo aquellos donde los precios
racionalmente calculados se asignan a los bienes de la tierra. Donde los
valores económicos se divorcian de esta disposición fundamental, se pervierten
y quedan vacíos; la vida se convierte en algo “útil”, el organismo empieza a
servir a la máquina.
Por lo menos en estas tres
formas la fenomenología puede hacer una contribución importante a la
re-humanización de nuestro mundo contemporáneo; una contribución a la revitalización
y re-espiritualización de un mundo que paulatinamente se ha ido volviendo muerto
e impersonal bajo la tiranía intelectual de las leyes gélidas del
cientificismo. Con lo anterior no quiero favorecer ninguna política económica
concreta, ni estoy sugiriendo que retornemos a la economía medieval. Más bien,
deseo despertar ciertas sensibilidades humanas que han estado dormidas en el
pensamiento y la economía modernas. Deseo recobrar aquella fundamental
experiencia humana del mundo que hace que algo como la economía y la ciencia
económica posible. Más aun, en tanto la respuesta de la fenomenología a la
crisis de la ciencia moderna ha sido desenterrar nuestra relación primordial
con el mundo (oculta bajo gruesas capas de pensamiento objetivador), el
proyecto que sólo he sugerido aquí cae claramente dentro del proyecto mayor que
la fenomenología se ha señalado a sí misma. La fenomenología hace una llamado a
la economía para que salga del campo estéril de la reificación, y la invita a
retornar al mundo-comunidad donde nació pero del cual ha estado, la mayor parte
del siglo XX, ausente.
[1] Este artículo fue leído en la
Conferencia anual de la Sociedad Británica de Fenomenología en St. Edmund Hall,
Oxford, en abril de 1984. Una versión ligeramente revisada fue presentada en
reunión de la SPEP en St. Louis en octubre de 1983, y será publicada en las
actas de la reunión. [Nota del traductor: la fuente de la presente
traducción es: Kenneth W. Stikkers, “The Life-World Roots of Economy”, Journal
of the British Society for Phenomenology 16 (1985), pp. 167-176. La idea de traducir este artículo
surgió de una conversación que tuve con el Prof. Stikkers, en Carbondale,
Illinois, el 16 de junio del 2000. Agradezco a la Facultad de Ciencias
Económicas el financiamiento que hizo posible mi viaje a la Universidad del Sur
de Illinois. Oswaldo Salazar fue muy amable en revisar la presente traducción.]
[2] Western Attitudes Toward Death from the Middle Ages to Present, trans. Patricia M. Ranum (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1974).
[3] Categorías 4, 2a 1-2; 9, 11b 10-14.
[4] Sir Isaac
Newton, Mathematical Principles of Natural Philosophy, 3rd
ed. (1726), Scholium. Cf., John Locke, Essay
Concerning Human Understanding
(1690) II, 13, 23.
[5] “Insight-Logos-Love (Lonergan-Heidegger-Scheler)”, Philosophy Today 14 (Summer 1970): 110.
[6] James M. Demske, Being, Man, and Death: A Key to Heidegger (Lexington: University Press of Kentucky, 1970), p. 136.
[7] Small Is Beautiful: Economics As If People Mattered (New York: Harper & Row, 1973), p. 42.
[8] “Das Ressentiment im Aufbau der Moralen” (1915), in Vom Umsturz der Werte: Abhandlungen und Aufsatze, 4th ed. Maria Scheler, vol. 3 of Gesemmelte Werke (Bern: Francke, 1955), pp. 33-147: Ressentiment, trans. William Holdheim, ed. Lewis A. Coser (New York: Free Press of Glencoe, 1961).
[9] (1913/14), en Vom Umsturz der
Werte, pp. 343-61.
[10] Von Umsturz der Werte, p. 131-32; Ressentiment, p. 155-56.
[11] Von Umsturz der Werte, p. 147; Ressentiment, p. 174.
[12] Von Umsturz der Werte, p. 131; Ressentiment, p. 154-55.
[13] Von Umsturz der Werte, p. 134; Ressentiment, p. 158.
[14] Von Umsturz der Werte, p. 135; Ressentiment, p. 160.
[15] Edward Albee satiriza hermosamente
el tratamiento de los niños como commodities e inversiones en su obra teatral The
American Dream. Y Thorstein Veblen describe muy bien a la esposa burguesa
como herramienta de “descanso visible” y “consumo visible” de su esposo. The
Theory of the Leisure Class: An Economic Study of Institutions (1899; New
American Library, 1953), pp.68-69.
[16] E.g., Ella C. Deloria, Speaking of Indians (Vermillion: Dakota Press, 1979), pp. 45-58, 77-87.
[17] Der Bourgeois (Munich and Leipzig: Dunker & Humblot, 1913), p. 139: The Quintessence of Capitalism: A Study of the History and Psychology of the Modern Business Man, trans. M. Epstein (New York: H. Fertig, 1967), p. 106.
[18] Considero a
Georg Simmen, en The Philosophy of Money, trans. Tom Bottomore y David Frisby (London: Routledge
& Kegan Paul, 1979) como la más penetrante descripción de la genesis del
dinero a partir de las relaciones comunitarias, y la transformación que su
hipostación trajo a estas relaciones.
[19] Schumacher, p. 45.
[20] Scheler, Vom Umsturz der Werte, p. 133; Ressentiment, pp. 156-157.
[21] E.g., Johathan Edwards, Freedom of the Will (1754), pt. I, sec. V.
[22] “The Social Responsibility of Business Is to Increase Its Profits”, New York Times Magzine (September 13, 197), reimpreso en Thomas Donaldson y Patricia H. Werhane (eds.), Ethical Issues in Business: A Philosophical Approach (Englewood Cliffs, N.J.: Prentice Hall, 1979), pp. 191-97.
[23] Ferdinand Toennies, Community and Society (Gemeinschaft und Gesellschaft) (1887), trans. Charles P. Loomis (New York: Harper & Row, 1963), pp. 49, 65, 240-42; Scheler, Der Formalismus in der Ethik und die materielle Wertethik: Neuer Versuch der Gundlegung eines ethischen Personalismus, 5th ed., ed. Manfred Frings, vol. 2 de Gesammelte Werke (1890), p. 518; Formalism in Ethics and Non-Formal Ethics of Values: A New Attempt toward the Foundation of an Ethical Personalism, trans. Manfred S. Frings y Roger L. Funk (Evanston: Nothwestern University Press, 1973), p. 529.
[24] [Nota del trad.: care es la
traducción al inglés del término latino cura usado por Martín Heidegger
en El ser y el tiempo (sorge, en alemán).]