EL
DESTIERRO SIN FRONTERAS
Gustave
Thibon
«Los
tiempos más inciertos son también los más seguros, porque uno sabe a qué
atenerse acerca del mundo», escribía hace cien años Donoso Cortés. Es verdad,
en las épocas turbulentas se agudiza ese sentimiento de que la tierra no es
nuestra verdadera patria. ¿Pero acaso los tiempos tranquilos y prósperos no nos
enseñan la misma lección? La tierra puede traicionarnos de dos formas:
negándonos los bienes que nos podría dar (salud, paz exterior, prosperidad
material, etc.) o concediéndonos estos bienes con una abundancia que hace
saltar a la vista su vanidad. Al fin y al cabo, este segundo camino me parece
menos engañoso y, por ello, más seguro: mientras el hombre se ve privado de los
bienes aparentes, aún puede creer en su valor; pero cuando se ha saciado de
ellos y, a pesar de todo continúa sintiendo el hambre y el vacío, ya no puede
hacerse más ilusiones sobre los alimentos terrestres. La decepción
verdaderamente irremediable no está en el fracaso, sino en el rastro de vacío
que sigue al éxito. Para que el hombre aprenda definitivamente que su íntima
condición es la de un desterrado, tal vez sea necesario que agote todas las
posibilidades de su condición terrena.
«No se
agotarán», replican los adoradores del hombre y del progreso. Es verdad, muy
pronto será lo más normal del mundo irse a pasar un fin de semana a Persia o al
Colorado, y la tierra, casi sin distancias, se convertirá en un fruto fácil, al
alcance de la mano. Y otros mundos nos esperan ofreciéndonos conquistas que
hacen palidecer las hazañas de Alejandro o de Colón. «Nada más que la
tierra..., la tierra, esa nada», empezaba a suspirar el hombre. Pero el círculo
se rompe y van a abrirse muy pronto todos los caminos escondidos del cielo...
Este
planteamiento exige una doble respuesta.
Suponiendo que tales aventuras sean posibles (y eso toca decidirlo a los hombres de ciencia y a las imprevisibles circunstancias futuras), ¿no seguiremos encontrando, en la pluralidad infinita de esos mundos, lo que el Evangelio llama el mundo, es decir, el lugar de nuestro destierro y de nuestras esperanzas perdidas? Es verdad, no conseguiremos alejar el destierro por mucho que hagamos retroceder las fronteras. Napoleón no hubiera estado menos solo en la inmensa Siberia que en la pequeña Santa Elena. Por mucho que lo intentemos, dondequiera que vayamos siempre nos quedaremos a este viejo lado del velo de las apariencias, en la Vieja vertiente temporal del ser. Aunque lo expandiéramos hasta los albores del infinito, este valle de lágrimas no cambiaría de naturaleza, y aun cuando lográramos ampliar el campo de nuestra visión a todo lo que el ojo puede apetecer, no por eso habríamos franqueado el umbral del mundo invisible. Es cierto que podemos variar nuestros sueños hasta el infinito, pero todos los sueños posibles no lograrían hacernos despertar. Podemos añadir muchos decorados al «gran teatro del mundo», pero seguiremos siendo siempre los viejos actores de la misma comedia, las victimas del mismo drama de siempre. Y no habremos logrado desvelar el misterio del velo de la muerte, ni el misterio de esa vida nueva que nos espera... «¡La muerte va a hacerse inútil!», exclamaba hace un siglo Víctor Hugo, embriagado por el presentimiento de los viajes futuros del hombre por el espacio. ¡Qué pobre concepción de la muerte, reducida a la condición de embarcadero para un largo viaje espacial! La muerte no tiene la misión de revelarnos lo que el ojo aún no ve, sino lo que el ojo no podrá ver jamás... Ese mundo tan fabulosamente dilatado será siempre incapaz de saciar nuestra sed de absoluto. Más aún, cabe plantearse si tampoco podrá comunicarnos sus relativas riquezas. Aunque conquistáramos el universo..., ¿dejaríamos de ser hombres? ¿Qué medio encontraríamos para dilatar nuestra naturaleza hasta la medida de nuestras conquistas? El límite, la amenaza del agotamiento no estará ya en el objeto, sino en el sujeto. ¿Cómo podremos asimilar todos los bienes que nos lluevan desde ese futuro cuerno de la abundancia? Novedades inagotables, mundos maravillosos..., pero ¿qué milagro nos hará falta para conservar el aguijón de la curiosidad y la embriaguez del descubrimiento? La experiencia enseña que la ampliación de las posibilidades materiales provoca por lo general una atrofia de las facultades de admiración y de aceptación y que los hastiados se reclutan entre los ricos y los poderosos. Y si esto ya es verdad para nuestro humilde planeta, ¿qué será entonces a escala del universo? ¿Qué océanos de tedio acecharán a los dueños de un mundo sin fronteras?
Este peligro es aún mayor porque la conquista del universo material
implica una concentración casi absoluta del espíritu sobré la creación y la
consecución de los medios materiales proporcionados a este fin, y como
consecuencia (puesto que el hombre no puede desarrollarse a la vez en todos los
sentidos) un olvido correlativo de las realidades de la vida interior: dos
cosas que caen plenamente bajo la advertencia eterna del Evangelio: «¿De qué le
sirve al hombre ganar el universo entero, si pierde su alma?» El hombre perderá
quizá su alma para conquistar el universo y, ante el universo conquistado, se
encontrará sin alma para disfrutar de él, de suerte que encontrará su más
mortal derrota en su suprema victoria.
Entonces,
más que nunca, lo que quede de alma a los hombres deberá tornarse hacia lo
invisible. Porque, en el fondo del universo profanado, Dios aguarda siempre a
su criatura. Lo que está pasando actualmente en América, donde los mejores,
cansados de las facilidades de un mundo sin misterio, se refugian en la vida
contemplativa de los claustros, es tal vez una prefiguración de los tiempos
venideros. El hombre, llegado a los límites de lo posible y siempre prisionero
del mundo y de sí mismo, sólo encontrará salida por el lado de lo imposible y
comprenderá inevitablemente que está hecho no para lo ilimitado, sino para lo
infinito.