EL PROGRESO
Gustave Thibon
La
aceleración actual de la historia, debida al progreso mecánico, tiene por
efecto precipitar la rotación de la ardilla cautiva, pero nunca conseguirá
ampliar los límites de la jaula. El círculo del tiempo permanece infranqueable.
La única superioridad que tenemos sobre nuestros antepasados está en las
facilidades que encontramos para explorar cada vez más rápidamente el
territorio de nuestra prisión, privilegio maravilloso en apariencia, pero
luego decepcionante, porque nos lleva a darnos cuenta de nuestra incurable
cautividad. El hombre moderno se ufana de las mil posibilidades que hoy tiene
para realizar sus más pequeños deseos. ¿Acaso no recuerda que desde siempre la
realización de nuestros deseos es lo que nos revela su vanidad? Cuanto más
grande es la distancia entre la sed y la copa, más tiempo disfrutamos del
consuelo de la ilusión. Cuando el hombre se arrastraba penosamente de un
extremo al otro de su caverna, su ignorancia podía confundir fácilmente la
roca del fondo con la salida: lo finito era tan largo y tan difícil de alcanzar
que daba la impresión de lo infinito. En cambio, hoy, la reducción de todas
las distancias en el tiempo y en el espacio hace del
consuelo de la esperanza un comprimido que se traga como una simple píldora.
¿Qué queda en el alma de un hombre de negocios que toma el avión para Nueva York, del temblor de emoción íntima de los compañeros de
Colón zarpando con rumbo nuevo hacia un Occidente fabuloso? Mientras el hombre
se dirige hacia bienes que ve flotar entre los límites del sueño y de lo
imposible, un espejismo encanta su camino y, aunque alcance la meta soñada, la
fiebre dorada de la espera sigue dando su colorido a la posesión. Pero en un
mundo empequeñecido y dominado en que la realización sigue a la promesa como
una sombra o un puro eco, toda ilusión se desvanece apenas concebida, y al
desaparecer los espejismos nos quedamos solos ante un desierto de vanidad. La
ola de nihilismo y desesperación en la que hoy se sumerge el alma humana es el
reflejo de la ola de optimismo temporal de los adoradores del progreso y una
prueba más de la naturaleza cíclica del tiempo y de la identidad de los
contrarios.